Por Lidia Valdenegro Fuentes
Licenciada en Educación
Profesora Educación General Básica
Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.
En términos globales las funciones ejecutivas corresponden a un amplio espectro de operaciones del pensamiento que pueden tener entre sí una relación lejana (Ozonoff, 2000). Generalmente este concepto incluye una diversidad de habilidades cognitivas complejas y abstractas, entre las que cabe destacar la capacidad de organización y planificación de actividades, la selección apropiada de objetivos y metas, la capacidad para iniciar y mantener mentalmente un plan mientras se ejecuta, la inhibición de estímulos distractores y de conductas preponderantes, la capacidad para variar de estrategias de forma flexible de acuerdo al contexto, la habilidad de autorregulación y control del curso de una tarea para asegurar el logro del objetivo propuesto, entre otras (Soprano, 2003).
Por su parte, Flavell (1979) define el concepto de metacognición como el tipo de conocimiento relativo a los propios procesos o productos de la cognición, para la cual plantea dos dimensiones: a) las habilidades metacognitivas y b) el conocimiento metacognitivo. Esta división es tomada y ampliada por Pintrich (2002) quien propone una modificación al modelo original de Flavell (1979); este nuevo modelo plantea la existencia de a) conocimiento metacognitivo y b) los procesos metacognitivos de autorregulación. Añadidamente, Pintrich divide el conocimiento metacognitivo en tres clases:
a. Conocimiento de la estrategia: se refiere a estrategias generales para aprender a pensar, aplicadas de manera transversal a distintas disciplinas académicas y no restrictivamente a ámbitos particulares.
b. Conocimiento de tareas cognitivas: corresponde a la habilidad para seleccionar la estrategia más adecuada de acuerdo a la actividad y al contexto en que se desarrolla.
c. Conocimiento sobre uno mismo: se refiere al conocimiento que el estudiante tiene sobre sí mismo en relación a las habilidades y competencias con que cuenta para resolver un desafío, considerando además aspectos motivacionales y de autoeficacia.
Anteriormente, Lezak (1995) quien reconocía la multidimensionalidad del concepto de funciones ejecutivas y la imprecisión de sus límites, simplifica el modelo, reduciéndolo a áreas más acotadas, considerando cuatro aspectos:
a. Volición: corresponde a un proceso complejo que permite al individuo determinar lo que requiere o desea y concebir algún tipo de acción futura que permita alcanzar dicho requerimiento o deseo. La volición implica la habilidad para formular objetivos o formalizar intenciones. La conducta volitiva implica dos condiciones previas: i) la motivación, necesaria para el inicio de la actividad y ii) la conciencia de sí mismo, tanto psicológica como física y en relación permanente con el entorno.
b. Planificación: corresponde a una capacidad de características complejas para la identificación y organización de las etapas y elementos, materiales y psicológicos, necesarios para completar un objetivo. La planificación implica la toma de conciencia de los cambios a partir de las condiciones presentes, el análisis de las opciones, la evaluación y la ejecución de una elección; también es necesario un adecuado control de los impulsos, un apropiado nivel de memoria operativa y una buena capacidad de atención sostenida.
c. Acción intencional: el llevar a cabo un objetivo, o más ampliamente una planificación, requiere iniciar, mantener, cambiar y detener secuencias de comportamientos complejos de forma articulada. La acción intencional, si bien tiene como base una planificación previa, requiere que el individuo desarrolle la habilidad de modificar el curso de la actividad cognitiva o de la actividad motora, en relación a las demandas del contexto.
d. Ejecución efectiva: la efectividad en una actividad no sólo depende de los aspectos anteriores, si bien estos son imprescindibles, la ejecución se lleva a cabo cuando la acción se realiza de forma correcta, tomando en consideración la regulación, el automonitoreo, la autocorrección, el tiempo y el esfuerzo empleados.
Por su parte los autores Gioia e Isquith (2000) proponen una escala de evaluación de las funciones ejecutivas, denominada BRIEF (behavior rating inventory of executive function); en base a esta escala, que considera ocho áreas de evaluación, es posible realizar un mapeo de las distintas funciones ejecutivas, con la finalidad de especificar y definir cada una de ellas:
a. Inhibición: comprende la habilidad para controlar los impulsos y/o detener determinadas conductas en el momento preciso, adecuando el comportamiento a los requerimientos del contexto.
b. Cambio: constituye la habilidad para pasar de una tarea a otra, reforzando la tolerancia ante los cambios; adicionalmente implica la flexibilidad para resolver diversos problemas, así como cambiar el foco atencional de un tema a otro cuando la situación lo amerite.
c. Control emocional: corresponde al moldeamiento de las emociones básicas a través de la interacción social; dicha interacción permite el desarrollo de emociones sociales tales como la tolerancia a la frustración, la perseverancia, la aceptación de la crítica, la voluntad, entre otras.
d. Iniciativa: es la habilidad para llevar a cabo una tarea o actividad, de forma automotivada, prescindiendo de regulación externa. Comprende aspectos relacionados con la habilidad para generar ideas, respuestas o estrategias que ayuden a la resolución de problemas de forma autónoma por parte del estudiante.
e. Organización y planificación: se consideran ejes fundamentales a la hora de resolver problemas o llevar a cabo tareas de alta complejidad. La organización implica, en primer lugar, la habilidad para categorizar y seleccionar la información; en segundo lugar, manipular cognitivamente conceptos, datos y procedimientos; y en tercer lugar, la habilidad para estructurar y regular la comunicación de la información. Por su parte la planificación considera plantear un objetivo y determinar la mejor forma de llevarlo a cabo, lo que conlleva al diseño (muchas veces mental) de una serie de etapas correctamente secuenciadas.
f. Orden: se considera otro aspecto dentro de la organización, y corresponde a la habilidad para clasificar los objetos del entorno, lo que implica mantener un control sobre los elementos de trabajo y los espacios en los que se encuentran; dicho orden otorgará al estudiante el conocimiento de que los materiales requeridos para realizar determinadas tareas se encuentran efectivamente disponibles.
g. Control: incorpora dos aspectos: i) El primer aspecto, se refiere al hábito de autorregular el propio rendimiento durante la ejecución de una tarea o bien autoevaluar los resultados tras la conclusión de la misma, con el único objetivo de asegurarse que la meta propuesta haya sido alcanzada. ii) El segundo aspecto corresponde a lo que los autores denominan autocontrol, el que se manifiesta a través de la conciencia del estudiante en relación a su conducta y los efectos que esta puede ocasionar en su entorno social.
h. Memoria de trabajo: constituye la capacidad para retener información en la mente con el objetivo de realizar una tarea, registrar y almacenar información o proponer objetivos. Esta función ejecutiva es fundamental para llevar a cabo actividades simultáneamente o seguir instrucciones complejas, como es el caso de los cálculos aritméticos.
MEMORIA DE TRABAJO

La memoria de trabajo, memoria operativa o funcional, es un sistema temporal, organizado de forma lineal, el cual es empleado por el ser humano para conservar, fijar, reconocer y localizar sucesos ocurridos en el pasado (Baddeley y Hitch, 1974). Implica un registro o codificación de la información mediante el empleo de diversos canales sensoriales, para luego almacenar dicha información y aplicarla en la resolución de diversos problemas que le son impuestos al estudiante, tanto en contextos educativos, como en la vida en general. Mediante el empleo de esta habilidad, es que el estudiante puede almacenar la información que le permitirá ejecutar una tarea o cumplir con las condiciones y reglas que la situación de aprendizaje le impone. Según Baddeley (2000), la memoria de trabajo constituye un mecanismo de almacenamiento temporal que permitiría retener simultáneamente algunos datos en la mente, compararlos, contrastarlos o relacionarlos entre si.
El modelo de Baddeley y Hitch (1994), considera la participación de la memoria operativa en dos tipos de procesos: a) control ejecutivo referido al mecanismo de procesamiento de la información y b) sostenimiento activo que constituye el concepto de almacenamiento temporal, el cual se caracteriza por utilizarse en conexión con mecanismos especializados de almacenamiento provisional, los que sólo se emplean cuando es necesario retener datos específicos, que contribuyan a la realización de una tarea determinada.
Adicionalmente el modelo plantea que la memoria de trabajo se encuentra formada por subcomponentes claramente diferenciados:
a. Bucle fonológico o articulatorio: es el mecanismo encargado de manipular la información proveniente de fuentes del lenguaje, por lo tanto se relaciona restrictivamente a tareas lingüísticas, como lo son la comprensión, la conversación, la lectoescritura, entre otros. Su capacidad de almacenamiento corresponde a siete (7) datos aproximadamente.
b. Agenda visuo-espacial: es la encargada de manipular la información visual y espacial, implica el procesamiento de datos provenientes de imágenes, así como la producción y expresión de ideas que evoquen la información particular, mediante la reproducción o adaptación de un repertorio de imágenes previamente almacenadas.
c. Ejecutivo central: es un sistema que emplea habilidades cognitivas, en las que se implica la memoria de trabajo, realizando tareas de selección y control de estrategias. Norman y Shallice (1980), proponen el concepto de sistema atencional supervisor, dicho modelo plantea que el ejecutivo central comienza su funcionamiento frente a una situación que reconoce como nueva o no rutinaria, por lo cual se ponen en acción funciones ejecutivas de anticipación, selección de objetivos, planificación y control, las cuales implican, tanto la participación de la memoria de trabajo, como el sistema atencional supervisor, en particular. El sistema ejecutivo central trabaja directamente con la información, sin embargo no se encarga del almacenamiento de la misma; por lo cual su funcionamiento implica seis procesos, estrechamente ligados entre sí: a) codificación y mantenimiento de la información, cuando se ven sobrepasados los sistemas de bucle fonológico y agenda visuo-espacial, b) mantenimiento y actualización de la información, c) mantenimiento y manipulación de la información, d) ejecución dual, es decir la capacidad para trabajar simultáneamente empleando la información obtenida por medio del bucle fonológico y la agenda visuo-espacial, f) inhibición, capacidad para descartar estímulos irrelevantes dentro del contexto de aprendizaje y g) alternancia cognitiva, la que implica la habilidad de mantener la información, almacenarla y actualizarla cuando sea preciso.
d. Buffer episódico: es un sistema donde se almacena al mismo tiempo, la información fonológica, visual y aquella proveniente de la memoria a largo plazo, de manera tal que se funden en una representación multimodal y temporal de la situación de aprendizaje.
BIBLIOGRAFÍA
- Baddeley, A. D. (2000). The episodic buffer: a new component of working memory. Trends Cogn Sci. 4:417-23.
- Baddeley, A. D. y Hitch G. J. (1974). Working memory. In Brower GA. Ed. The psychology of learning and cognition. New York. Academic Press.
- Flavell, J. (1979). Metacognition and cognitive monitoring. American Psychologist; 34: 906-11.
- Flavell, J. (2000). El desarrollo cognitivo. Nueva edición revisada. Editorial Visor Dis. S.A. Madrid.
- Gioia, G. A., Isquith, P. K., Guy S. C. y Kenworthy, L. (2000). Behavior rating inventory of executive funtion. Lutz FL: Psychological Assassment Resources.
- Lezak, M. (1995). Neuropsychological assasment. NewYork: Oxford University Press.
- Norman D. A. y Shallice T. (1980). Attention to action: willed and automatic control of behaviour. Center for human information processing. Technical report. San Diego: University of California.
- Ozonoff, S. (2000). Componentes de la función ejecutiva en el autismo y otros trastornos. En Russell, J. (ed.). El autismo como trastorno de la función ejecutiva. Médica Panamericana. Madrid.
- Pintrich, P. (2002). The role of metacognitive knowledge in learning, teaching, and assessing. Theory into Practice; 41: 219-25.
- Soprano, A.M. (2003). Evaluación de las funciones ejecutivas en el niño. Neurología; 37: 44-50.